CRÓNICAS

Posted: by Isaias Romero P. in
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Álvaro, el loco de los potes
Por: Renson Said


Foto ARCHIVO LA OPINIÓN
 Foto tomada de www.laopinion.com.co


Álvaro Sarmiento está sentado en el parque Santander y desde allí atiende, como un médico o un siquiatra, una larga fila de madres de familia que llegan a poner quejas de que sus hijos no se toman la sopa o no hacen los deberes escolares. Entonces Álvaro se transforma, se convierte en el “loco de los potes”, y exhorta al niño. No lo asusta (aunque el niño se asusta: esas barbas largas y sucias de Rasputín; esos ojos redondos y furiosos de becerro; esa nariz de águila tallada a cuchillazo; esa voz de estampida que espanta a las palomas; ese cabello indómito; esa ropa extravagante; el ruido ensordecedor de los potes que sacude con vehemencia, en fin. No asusta al niño) pero lo deja impresionado y las madres se van satisfechas. Luego de un tiempo vuelven agradecidas para dar al mundo el testimonio evangélico de la  conversión de sus hijos a la nueva fe porque ellos han descubierto por fin los milagros caseros de la sopa caliente.


Álvaro es un cucuteño de 51 años de edad que no está loco como la gente cree. A pesar de su aspecto de manicomio crudo ha cultivado la ortodoxia doméstica: prestó el servicio militar obligatorio, estudió cuatro semestres de tecnología en desarrollo a la comunidad en el Instituto Superior de Educación Rural (ISER), de Pamplona, y abandonó sus estudios de artes escénicas en el antiguo Instituto de Cultura y Bellas Artes, porque, según sus palabras, “me estaban enseñando lo que ya sabía”. Se considera artista. Su arte consiste en diseñar un disfraz, asumir una personalidad, y desde la altura esperpéntica del personaje, fustigar a la clase política corrupta de la región. También le gusta divertir a la gente. A menudo lo contratan en asilos para adultos mayores, casas de reposo y comparsas universitarias.


Ha recorrido todos los municipios del departamento, varias ciudades del país y de la frontera y a todos ellos ha llegado como el “loco de los potes”, personaje que logró instalarse en la memoria colectiva de los cucuteños al punto de que ahora, en las fiestas de disfraces, y en comparsas universitarias, siempre hay alguien que hace la parodia de la parodia y se disfraza de  Álvaro, de loco, de loco de los potes.

No es agresivo, como la loca María. No monta en burro, como Enrique, el carbonero. No tiene restaurante como la Turra Petra, ni persigue a los buses, como lo hacía Makeko, aquél personaje pintoresco que hace cincuenta años recorría las calles de Cúcuta con el bullicio estrepitoso de un tropel de cabras al amanecer.


El loco de los potes es un personaje creado por un hombre lúcido e histriónico  de quien se dice además que es dueño de ocho casas en diferentes barrios de la ciudad. Otros dicen que son cinco. Yo pude comprobar que apenas son dos, pero mientras conversaba con Álvaro en su casa principal del barrio El Contento, una señora se acercó y le pidió que le arrendara una habitación “pero no en la casa del Magdalena, sino en la otra”, dijo. Entonces uno saca cuentas y ahí ya van tres. Lo que significa que Álvaro vive de las rentas y no necesita pedir dinero en las calles. El loco de los potes no mendiga. Se desplaza en bicicleta y maneja su propia caja menor que le permite invitar a sus novias ocasionales y a las pájaras de la medianoche que se extravían en el desorden de la lujuria.


Conversamos una mañana fría y silenciosa en su casa del barrio El Contento. Quería ver cómo vivía, cómo era su entorno, cómo se comportaba en la intimidad doméstica este hombre al que casi matan  en septiembre del 2001.


“Ese día -cuenta Álvaro con una voz reposada-, estaba disfrazado de Cupido porque era el día del amor y la amistad. Estaba quemando la basura y un automóvil llegó en contravía y vi cuando el copiloto hizo un gruñido con la boca, algo así como: ¡pschée!: ese tipo sacó un revólver y me pegó un tiro”.


Herido, Álvaro tuvo fuerzas para entrar a la casa, sacar 20 mil pesos y salir al hospital. Tiene todavía la bala metida en la parte izquierda del abdomen. Allí se aloja como una amante despiadada con la que tiene que convivir pero que le recuerda cada segundo que coja juicio, carajo, que la vida es efímera. Álvaro cree que lo confundieron con un vecino, pero a mí me cuesta trabajo creer que tenga un vecino que se ponga alas, se disfrace de Cupido y salga a la calle pavoneándose con la más absoluta impunidad. En fin. Lo cierto es que en el tiempo que lleva recorriendo las calles como el loco de los potes ha sido insultado, vilipendiado, censurado. Una vez Donamaris Ramírez dijo que era una vergüenza para la ciudad y lo amenazó con encerrarlo tres años en un calabozo si asomaba su maldito trasero por el estadio.


Otro día lo molieron a golpes en las ferias de San Cristóbal por asustar a una muchacha: le rompieron la quijada y la cabeza y estuvo 13 días en un hospital. Luego lo llevaron a Bogotá para intervenirlo. Un médico le abrió la cabeza, echó un vistazo adentro y comprobó que no estaba loco: todo lo tenía en su respectivo lugar.


El personaje creado por Álvaro lleva treinta años en las calles. Hay gente que disfruta sus extravagancias. Hay otros que lo detestan. Un periodista, por ejemplo, al que consulté para este perfil  (y pidió que reservara su nombre) me dijo:


-¡No le gaste tiempo a ese hijueputa!


Lo adoran o lo detestan, pero con Álvaro no hay término medio. Ha posado desnudo en un inodoro como el pensador de Rodin. Se ha vestido de Shakira, de político, de profeta maya. Tiene un espacio en facebook y varias entrevistas en youtube. En el año 2002 presentó su nombre en una lista para el  Concejo de Cúcuta y sacó 2.269 votos.


Ha sobrevivido a palizas, encierros, escupitajos, madrazos (cuando le gritan: “maricaaaa”, él responde: “colegaaa”), sin embargo, la anécdota que más lo ha conmovido le sucedió el año pasado cuando fue invitado a la semana cultural del colegio La Salle. Allí, un niño se le acerca, le tira del brazo y pregunta:


-¡Señor, señor!, ¿usted es de verdad?


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Michael Jackson come pastel de garbanzo

Por Renson Said

En la década de los noventa no había ningún colegio en Cúcuta que fuera ajeno a la poderosa influencia musical de Michael Jackson. Todos los eventos culturales traían, como espectáculo central, las numerosas coreografías del Rey del Pop.
Algún compañero flaco que había hecho sus primeros pinitos de bailarín barrial con la miniteca “Ojos Nocturnos” o “Macro Efectus” (las dos más grandes minitecas de la época), era el que hacía el show central. Billie Jean era representado con atuendos de colores, el pantalón ajustado y calcetines blancos que se notaban cuando se ponía en punta de pie. Todas las niñas gritaban en el momento en que el Jackson de quinto año deslizaba los pies hacia atrás como lo hacía el otro Jackson en el estadio Aintree Raceground de Liverpool. Pero en el estadio del colegio, nuestro Jackson era más famoso, más artista, más carismático. Y además era nuestro amigo.

Caminar con Michael a la hora del recreo era despertar la envidia de todo el colegio. Eso nos aseguraba una especie de inmunidad parlamentaria: nadie juzgaba nuestros excesos en los partidos de fútbol. Y en las fiestas de fin de semana éramos los reyes. Aunque Michael era el único bailarín del grupo su prestigio nos iluminaba como la luz de un reflector. A cambio de eso yo le ayudaba en las tareas de español. Otro compañero lo ayudaba en matemáticas. Y otro más en geografía. Michael no hacía nada: era simplemente Michael. Y eso ya es decir mucho. Nos presentaba a sus amigas y nos prometía enseñarnos a bailar como él. Pero nadie podía igualarlo. Era el Michael Jackson del colegio.

La primera vez que lo vi estaba comiendo pasteles de garbanzo que su mamá le envolvía en bolsas de papel. Siempre comía pasteles de garbanzo. Y hablaba todo el tiempo con la boca llena olorosa a pastel de garbanzo. Decía que iba a ser un gran bailarín y nadie lo ponía en duda. Tenía muchos imitadores: había uno en tercer grado que imitaba su coreografía de Trihller. No lo hacía mal, tenía talento, pero no era el verdadero Michael. Y se le notaba porque en un momento del espectáculo de Trihller, el falso Michael, se tragaba una bolsa entera de fresco royal en polvo, para luego escupirlo en líquido y lograr así el efecto de la sangre que se escurría desde la boca.

Michael Jackson, el verdadero, el de quinto año, jamás hizo algo tan burdo. Lo que importaba para él era el baile y no los trucos de escenario. Había otro en cuarto año que también lo imitaba, pero era gordo y lento y a veces torpe. Y lo que era peor: usaba gafas gruesas con montura de carey. Se enredaba él solito bailando y sudaba a chorros y uno sufría porque estaba a punto de darle un ataque de asma. Entonces un día en una voltereta perdió el equilibrio y cayó al suelo con toda su barriga y todo su peso y todos soltamos la carcajada y el pobre recogió las gafas rotas y se fue llorando y hasta el día de hoy no sabemos qué habrá pasado con su vida.

El día que Michael Jackson se presentó en el estadio del colegio fue la locura. El sonido lo puso Macro Efectus. Una profesora se ofreció para maquillarlo y en el estadio no cabía un alfiler. Primero el humo que salía de un lado de la tarima, luego los efectos musicales, luego los bailarines y, finalmente, una luz que poco a poco se iba ensanchando para mostrar a Michael de espaldas. Bailó Billie Jean. Sus movimientos, su voz, sus saltos en el escenario y el dominio del público lo convirtieron en una verdadera estrella del pop. Nunca en mi vida había visto un espectáculo tan maravilloso como aquél que ofreció Michael Jackson en el colegio Municipal de Bachillerato a finales de la década de los noventa. Ahora leo en la prensa que Michael murió de un infarto y recordé todo esto. Entonces me puse a la tarea de buscarlo a través de viejos amigos comunes y lo encontré vivo y rozagante detrás de un mostrador. Es el dueño de una ferretería en el centro de la ciudad. Me invitó un pastel de garbanzo y cuando le conté lo que dicen los periódicos de él, soltó una carcajada estrepitosa y se le humedecieron los ojos. Preguntó: “¿todavía te acuerdas?”. Y yo dije: ¡claro!.. Entonces me abrazó y ya un poco más calmado dijo: no me he muerto todavía, poeta, sólo cambié de oficio.


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Los funerales del Papá Grande
Renson Said

1.

La primera vez que vi a Rafael Escalona fue hace 17 años en su apartamento de Bogotá. Vestía un traje gris, un sombrero ancho y unos mocasines bien lustrados. Parecía un cachaco de chapinero, elegante y altivo, con una voz inaudible y unos ojos redondos y saltones que se le salían cada vez que veía a una mujer rubia. Ahora lo veo en sus funerales, con saco y corbata, en una iglesia a donde todo el mundo ha venido hacer fila para verlo. Escalona está en un féretro y lleva en el rostro la expresión del hombre que no está contento con su nueva condición de muerto grande. No le luce la muerte. Y la verdad es que es mejor verlo vivo, envuelto en su arrogancia, en su pedantería de semidios vallenato, que verlo ahí, reducido, forrado en sus huesos, con las manos duras y los dedos entrelazados en esa rigidez que la muerte imprime a los cuerpos.

Hice la fila cuatro veces y cuatro veces he tenido la impresión de que Escalona se llevó muchos secretos a la tumba. ¿Son realmente suyas sus canciones? En Valledupar he escuchado a mucha gente decir que era su madre la que componía. Que Escalona robaba música a trovadores campesinos y luego las grababa en una época en que a nadie le importaba el vallenato. En últimas, que Escalona es un gran compositor pero como él hay más de una docena de músicos que merecen el mismo reconocimiento, como Luis Enrique Martínez o Alejo Durán.

La arrogancia de Escalona es tan grande como su fama. Una vez el colegio Loperana quiso graduarlo de bachiller cuando ya Escalona era una gloria musical. El maestro fue a la ceremonia, recibió el cartón de bachiller y cuando le dieron el micrófono le dijo a toda la audiencia que ese cartón no valía nada para él, que no lo agradecía, que recibirlo le daba importancia al colegio pero que no agregaba nada a su gloria. Así era Rafael Escalona: el insoportable que había que soportar. Un hombre que amasó un capital económico que ahora se pelean sus dos mujeres y sus incontables hijos. El hombre que dentro de poco van a sepultar en el cementerio central de Valledupar es ajeno a la disputa que se ha armado entre sus mujeres por el derecho de sus canciones.

2.

Llegué temprano a ver a Escalona porque en la tarde viene el presidente Uribe y su comitiva. Y seguro van a convertir el funeral del maestro en un acto político. Y así fue: el ministro Santos, la ministra Paula Marcela, el presidente de la república, la familia Molina, los Araújo, en fin: toda la pequeña burguesía vallenata en pleno. Pero todavía no llegan. Son las 10 de la mañana y yo estoy en la iglesia soportando un calor de caldero de barco, viendo cómo gente de todas las condiciones quiere ver al maestro Escalona: mujeres emperifolladas de abanico en mano, niños descalzos, estudiantes universitarios, músicos de ocasión, políticos, Evelio Daza Daza, Diomedes Díaz vestido de blanco, Emilio Oviedo visiblemente triste, poncho Zuleta secándose el sudor y las lágrimas. Un hombre llora sentado en un rincón de la iglesia. Pienso que puede ser un familiar, entonces me le acerco despacio y cuando toma aire le pregunto si es familia de Escalona. Me dice que no. ¿Amigo? Tampoco. ¿Es músico? Que no. ¿Conocía al maestro?, que no compadre. Entonces, lo miro a los ojos y le pregunto: ¿por qué llora? Y me responde: Porque murió Rafael Escalona.


Me doy cuenta de que en Valledupar basta decir Rafael Escalona para que la gente del común sienta respeto por la figura más emblemática que tiene la música de acordeón. Escalona es una figura controversial. La gente habla en voz baja de sus picardías, de cómo Escalona se atravesaba en la carrera musical de quien no era de su gusto. Pero nadie sostiene nada en público. Todos dicen lo mismo: murió el más grande de los grandes.

3.

Antes del medio día ya se había instalado alrededor de la plaza Alfonso López todo un comercio sobre Escalona: camisetas y souvenirs. Una fotografía del maestro la vendían en tres mil pesos y dos en cinco mil. Hay todo un comercio portátil de venta de helados, chorizos, mazorca, raspao, limonada, cerveza, CDS, gorras y cuanta cosa se le pude ocurrir al ingenio costeño. Escalona está en el féretro soportando el calor de la muerte y afuera los vendedores ambulantes duplican sus ganancias vendiendo a tres mil pesos una foto suya bajada de Internet.

Cuando llegó el presidente de la república la Plaza Alfonso López estaba repleta. Pero no era por la presencia del primer mandatario. Ni por la presencia de gentes principales. Ni mucho menos por la figura ya mítica de Escalona que yacía en su féretro montado en la tarima Francisco el Hombre. La plaza se llenó porque corrió la voz de que iban a estar todos los reyes vallenatos. La muerte de Escalona logró reunir lo que no ha podido el Festival: el Cocha Molina, Álvaro López, Sergio Moya, la escuela del Turco Gil, Carlos Vives, Jorge Oñate y un largo etcétera. Durante tres días Valledupar izó la bandera a media asta y por las emisoras sólo se escuchaban las canciones de Escalona y Telecaribe pasaba entrevistas y los taxistas subían el volumen para escuchar a gritos La brasilera y en las tiendas se armaban sendos debates sobre la grandeza de Escalona y Ada Luz en la casa en el aire y todo Valledupar embriagado por la muerte de un juglar que se estaba muriendo desde hace meses pero que no terminaba de morirse y la plaza llena de cachacos y nativos y los periodistas escribiendo perfiles y alguien recordó una anécdota y el otro dijo otra cosa y todos borrachos armaron una nueva biografía de Escalona y ya se acabó el funeral, maestro, la plaza quedó llena de latas de cerveza y abanicos como si fuera una parranda de tres días y ahora la ciudad despierta de su letargo, de sus funerales, de su luto y todo vuelve a la normalidad, nadie habla de Escalona porque todos están pendientes de Oye, bonita, la telenovela inspirada en la vida de Diomedes Díaz, como antes lo estuvieron de la serie Escalona.

4.

Pero Escalona no ha muerto todavía. Estoy en su apartamento de Bogotá y me enseña un álbum de fotografías con ex presidentes, obispos y embajadores. Lo entrevisto para La Opinión. Es el año 1992 y le pregunto a quemarropa si ha pensado en la muerte. Escalona tiene la respuesta preparada y me dice casi en susurro: “Ay, hijo, yo no pienso en eso, yo no me voy a morir todavía”.


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La legendaria voz del gran senegalés

Renson Said


Es un africano de 55 años, de brazos largos, flaco como un alambre, dientes blanquísimos y cabello con rastas que en Cartagena de Indias se confundía con los vendedores de ceviche y butifarra. Pero cuando está en el escenario, este hombre considerado por la revista Rolling Stones como el cantante popular más extraordinario de todos los tiempos, se convierte en un volcán en erupción. Salta, corre, grita, hace gestos, le habla al público en dialectos africanos y pronuncia algunas palabras en español.


Baaba Maal se presentó a las ocho de la noche en la Plaza de la Aduana. El público lo ovacionó como a uno de los suyos. Baaba llegó con su grupo, con sus bailarinas, con sus músicos y ofreció a Cartagena de Indias una velada musical de la que ya se habla como uno de los eventos musicales más importantes de las últimas décadas.


La Plaza de la Audana estaba repleta y la brisa fresca. Del cielo abierto y azul llegaba un aire tibio. En primera fila estaba la ministra de la cultura, Jaime Abello Banfi, Jhon Lee Anderson, un poeta de cuyo nombre no me acuerdo, algún lagarto colado, turistas con las cannon terciada en bandolera y gentes principales. El concierto duro dos horas y creo que en ese tiempo nadie estuvo sentado. Era imposible. La música del gran senegalés obligaba a saltar, a montarse en las sillas, a gritar de la emoción, incluso hubo gente, como este cronista, que en un rapto de euforia besaba a la niña de al lado, sin conocerla, por el simple hecho de la felicidad misma.




Más tarde, en Quiebracanto, me encontré con Baaba y sus bailarinas y pude preguntarle, en mi inglés rudimentario, si se consideraba un griots (narradores orales que preservan la cultura africana) y respondió: of course, friend, of course, mientras seguía saltando ahora al ritmo de la salsa. Porque entre sus gustos musicales, también está la salsa. Y el son cubano. Y la música popular africana con su percusión y su lamento.

Baaba mezcla sonidos del jazz, el rock y música electrónica. La letra de sus canciones están basadas en la tradición oral de su pueblo, pero sobre todo, de su familia, una familia de pescadores y de patriarcas que le auguraban un destino seguro: un griots que preserva para las nuevas generaciones de Senegal las culturas y tradiciones de sus mayores. Baaba, con una inteligencia natural para el canto, decidió renunciar parcialmente a ese destino local y llevó a la música sus responsabilidades culturales. Ahora no sólo canta y preserva su cultura sino que lo hace de manera universal a través de su voz en la que confluye el tono de lamento del blues y la fuerza arrasadora de un continente de donde surgió el primer hombre.


El concierto acabó y el público de pie se guía aplaudiendo. La ministra aplaudía, los poetas aplaudían al mayor de los poetas. Una muchacha se subió al escenario para besar a los músicos y la gente enloqueció de emoción. Nadie quería irse, Baaba agradeció a una Cartagena embriagada con su canto. Las palomas de la plazoleta saltaron alborotadas y su aleteo parecía un inmenso aplauso blanco. Los vendedores de cerveza dejaron sus cajas en el suelo y aplaudían con euforia. Los cachacos aplaudieron hasta reventar las palmas. Y arriba, el cielo inmenso. Y un poco más allá, el aplauso de Dios caía en el aire.

1 comentarios:

  1. Fascinante su estilo, interesante y conmovedor.

Primera Pàgina de La Opiniòn

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lea el pròlogo del Popol Vuh de Ediciones Dipon, escrito por Renson